2 de agosto de 2013

Risón


huir

¿Quién no ha pensado alguna vez en hacer la maleta y desaparecer? ¿A cuántos no se nos ha pasado por la cabeza marcharnos lejos y dejar, tal vez, una nota con la posdata "No me busquéis"? Pero de momento, la única manera de realizar este sueño es escribiendo, relatando, leyendo... café en mano, para estar despejada en el momento indicado para calzarse las botas y salir corriendo. 
Algunos meses atrás cometí el gran error de dejar de escribir. Sí, ¡qué locura! Dejé de limpiarme por dentro, de compartir e incluso empecé a ignorar lo que sentía realmente, como si hubiera dejado de importarme a mí misma. Cuando me di cuenta de lo saturada que estaba, estallé... haciendo pedazos todo lo que había a mi alrededor. Daños colaterales, me gustaría pensar. 
Al verme cubierta de polvo entre las ruinas que había sido mi vida comprendí cuán importante es tener una válvula de escape, crear en cualquiera de sus dimensiones. A pesar de que escribo para mí - para mi salud mental, concretamente -, también me gusta e incluso necesito, en cierto modo, que alguien me lea y me haga una señal desde la lejanía: Estoy aquí y sé por lo que pasas, ¡sigue adelante!  Pero parece que esa señal jamás llega, ¿la habré enterrado también con los despojos de mi vida?
Así que después de tanto tiempo, vuelvo a publicar, a tener un pequeño rincón en la net donde contar mis cosas sin miedo a ser juzgada o interrogada después. Y, no sé si mi destino está lejos o cerca, pero ya he empezado mi viaje y esta será mi maleta.


24 de julio de 2013

musas

Alba y Víctor se sentaban en aquel banco frente al mar dos veces por semana. El trato consistía en quedar para no hablar y dedicarse a sus actividades. Él dibujaba barcos engullidos por lunas que proyectaban brillantes sombras sobre el mar oscuro. Ella leía y subrayaba sus libros con la ternura infinita de quien guarda un tesoro en cada línea. De vez en cuando se miraban. Buscaban en el otro el interior de sus ojos, el sonido de aquel latido en el que vivía el amor que los mantenía unidos, la mano que -tímida- se dejaba caer para acariciar la suavidad del brazo ajeno.
Ella era su musa. Aquella musa que aparecía completamente desmontada, aquella que le sugería ideas alocadas, amaneceres ebrios en lugares escondidos, sal y arena en la piel. Ella, aquella que le guiñaba el ojo empujando con esfuerzo las pestañas demasiado maquilladas sin esperar nada a cambio. Y Víctor... sencillamente dejaba que ella apoyara la cabeza sobre su hombro y desaparecía cuando Alba cerraba los ojos para bostezar.

17 de julio de 2013

Más de un 36- Andrés Suárez


Renovarse o morir

Actualizar, refrescar la página, compartir, publicar. ¿En qué estás pensando? te saluda Facebook cada mañana mientras tú le miras con un ojo legañoso y el otro aún entornado por la excesiva luz que desprende tu smartphone. Le contestas a él y a todos tus contactos de esta red social lo mal que has pasado la noche, la resaca que tienes o las ganas que te han entrado de comerte el mundo. Y, tras revisar los mensajes de Whatsapp que quedaron abandonados en la noche, sales, perezoso, de la cama. 
Coges el café y las magdalenas y te sientas frente al PC. No te has dado cuenta, pero ya has visto dos capítulos de series, 200 tuits, has descubierto 3 cuentas que te gustan, has reblogueado unas 50 fotos para Tumblr, contestado a 15 personas en Whatsapp... y el café sigue ahí, frío. 
A duras penas sientes las piernas cuando te levantas para engullir la comida. Antes de empezar, le haces una foto al plato y la publicas en Instragram con más etiquetas de las que eres capaz de memorizar. Hecho esto, te dispones a comer mientras miras al televisor con atención. Varios atentados, revuelo político, el Barça y el Madrid. No sabrías si estás solo o acompañado si no fuera por que el resto de los comensales sentados a tu alrededor también hacen ruido al hacer chocar sus cubiertos contra el plato. Cuando acabas, oyes a alguien que hace cierto comentario sobre la comida, te levantas y vuelves al ordenador. 
La tarde transcurre igual que la mañana, frente a la pantalla. Con mil pestañas abiertas e incapaz de centrar la atención en ninguna de ellas. Con la mente prácticamente en blanco. O en negro, no lo tengo claro. Sin pensar absolutamente en nada más que lo que va a suceder a aquel contenido en aquella página concreta. Actualizando para comprobar, con pesar, que no se ha publicado nada más. Cambiando de soporte para ver alguna otra cosa de manera más sencilla.
Y tras cenar de manera precipitada algún plato precocinado, vuelves corriendo a tu cuadrada luz artificial hasta que caigas rendido de sueño viendo alguna película online.

Todo esto, que para algunos es una rutina, me lleva a preguntarme: ¿de verdad esto es progreso? ¿Cómo vamos a avanzar si vamos a olvidar cómo se pone un pie tras otro para caminar? ¿De qué nos van a servir las infinitas horas que pasamos frente al ordenador o pegados al móvil? Estoy de acuerdo con el hecho de que no se puede vivir completamente desconectado de todo, pero si perdemos la conexión humana, ¿qué nos queda?